Un corazón sencillo y un loro: dos formas de leer a Flaubert




Gustave Flaubert 


                                   Julian Barnes  


Leer Un corazón sencillo y, después, El loro de Flaubert es una experiencia muy original. El primero me confirmó que Gustave Flaubert escribe de una forma extraordinaria. Lo que más me fascina de Flaubert es su capacidad para mostrar sin decir. Félicité apenas habla; su lenguaje es mínimo y, en apariencia, también lo es su mundo. Sin embargo, Flaubert equilibra la balanza regalándole, a través de la narración, un universo inmenso. El lector descubre una riqueza interior que ella nunca verbaliza. Es un ejemplo perfecto de cómo un escritor puede ampliar la vida de un personaje sin convertirlo en alguien distinto de lo que es.

También me llamó la atención cómo construye a Félicité mediante el contraste. Frente a personajes como Liébard, con sus intereses y mezquindades, ella aparece como alguien profundamente libre. Esto me hizo preguntarme qué significa realmente tener "un corazón sencillo". ¿Es una persona simple o, por el contrario, alguien que no se deja contaminar por deseos retorcidos? Félicité no tiene un pasado oscuro ni actúa nunca en contra de sí misma. Hace lo que le dicta el corazón, incluso cuando eso la conduce al sufrimiento. Quizá un corazón sencillo no sea un corazón ingenuo, sino uno incapaz de actuar contra sí mismo. 

La novela también plantea preguntas incómodas. ¿Es necesario renunciar a la reflexión para conservar esa sencillez? ¿Puede una vida humilde contener una profundidad que solo el lector alcanza a ver? Y, sobre todo, ¿por qué la relación más pura de Félicité parece ser la que establece con un animal?

Ahí vuelve a aparecer uno de los grandes recursos de Flaubert: el contraste. El loro, un animal con la extraordinaria capacidad de hablar, se convierte en el compañero de una mujer cuyo lenguaje es escaso y que, además, termina medio sorda. Si hubiera sido un perro, el símbolo habría sido completamente distinto. Flaubert juega constantemente con estas oposiciones, pero nunca para reducir a sus personajes a una idea. De hecho, una de las cosas que más admiro de su escritura es que sus personajes nunca son completamente buenos ni completamente malos, ni cultos ni ignorantes. Todo existe en relación con el contexto, con las circunstancias y con los demás. Quizá esa sea una de las grandes enseñanzas del cuento: la literatura no está hecha para encerrarse en una interpretación definitiva. Lo ideal es leerla dejando en suspenso nuestras propias certezas.

Precisamente esa idea conecta de maravilla con El loro de Flaubert, de Julian Barnes. No es un ensayo, ni una novela convencional, ni una biografía, sino una mezcla de todo ello. Me recordó en algunos momentos a Moby-Dick por la libertad con la que está construido: capítulos que adoptan formas inesperadas, un supuesto examen sobre Flaubert, dos cronologías del escritor (una favorable y otra desfavorable) o reflexiones que parecen desviarse del tema para regresar a él con más fuerza. Esa estructura tan poco convencional convierte el libro en una celebración de la propia literatura.

Barnes combina un humor muy afilado con reflexiones profundas sobre la escritura y sobre la imposibilidad de conocer realmente a un autor. Me encantó la cita de Flaubert que recupera: "La palabra humana es como una caldera rota en la que tocamos melodías para que bailen los osos, cuando quisiéramos conmover a las estrellas". Resume a la perfección la sensación de que el lenguaje siempre se queda corto frente a lo que queremos expresar.

También me sentí muy identificada con la obsesión de Barnes por Flaubert. Todos tenemos artistas con los que mantenemos una especie de amistad silenciosa. En mi caso me ocurre con Tarkovski o con Emily Dickinson. Barnes dice que la ventaja de quienes ya han muerto es que "jamás se enfrían los sentimientos que suscitan en ti", y creo que pocas veces se ha descrito mejor ese vínculo extraño que establecemos con algunos escritores o cineastas.

El libro está lleno de imágenes preciosas. Una de las que más me impresionó compara el corazón con un árbol: “a medida que envejecemos se va desnudando y hay vientos contra los que ninguna rama puede resistir. Mientras los árboles recuperan sus hojas cada primavera, nuestro corazón nunca vuelve a ser exactamente el mismo.” Son metáforas que recuerdan al propio Flaubert por su belleza y su precisión.

Otra idea que me acompañó durante toda la lectura fue aquella máxima de Flaubert según la cual "el autor debe estar en su libro como Dios en su universo: presente en todas partes, pero siempre invisible". Barnes parece escribir todo el libro intentando demostrar precisamente esa paradoja: cuanto más buscamos al autor, más se nos escapa.

Sin embargo, el momento que más me conmovió fue el capítulo en el que habla de la muerte de su esposa. De pronto el libro deja de ser una investigación literaria para convertirse en una confesión íntima y desgarradora. Cuando escribe que parte del amor consiste en prepararse para la muerte y compara a los amantes con hermanos siameses, de modo que quien sobrevive tiene que seguir caminando arrastrando el cadáver del otro, resulta imposible no detenerse. Es uno de mis mayores miedos. Incluso me reconozco en esa reacción irracional de enfadarme cuando mi pareja bromea con que morirá antes que yo. Barnes consigue poner palabras a un temor que nos persigue. 

Quizá por eso el libro termina siendo mucho más que una reflexión sobre Flaubert. También habla de por qué leemos. Los libros explican el porqué de las cosas; la vida, casi nunca. En una novela encontramos frases como "ella hizo esto por esto". La vida, en cambio, simplemente dice: "ella hizo esto". Los libros parecen ofrecer un sentido que la realidad nos niega. Pero Barnes introduce una última paradoja: las vidas a las que los libros consiguen dar sentido son siempre las de los personajes, nunca la del lector. Las verdades sobre nuestra propia existencia solo parecen revelarse cuando ya es demasiado tarde.

Después de leer ambos libros, tengo la sensación de que dialogan entre sí. Un corazón sencillo muestra la grandeza silenciosa de una mujer corriente; El loro de Flaubert intenta comprender al hombre que fue capaz de escribirla. Uno demuestra que la literatura puede contener toda una vida en un cuento; el otro recuerda que ni siquiera con cientos de páginas lograremos conocer del todo a quien la escribió. Entre ambos queda una certeza: la literatura no sirve para resolver los misterios de la vida, sino para aprender a convivir con ellos.

Comentarios

Entradas populares