LA COMEDIA DE DANTE ALIGHIERI
Leer La Divina Comedia ha sido algo monumental. Se trata de un libro con una profundidad infinita, que cambia la forma de mirar el mundo. No he conseguido entender toda su arquitectura teológica – de hecho, muchas veces sentí que Dante se me escapaba – pero hay imágenes y versos que me han llegado al alma. Antes de leerla pensaba que era una obra poco accesible, sobre el más allá, o temas muy grandilocuentes. Pero Dante habla sobre la transformación interior del ser humano. Sobre cómo mirar.
La imagen que más se me ha quedado grabada aparece al comienzo del Purgatorio. Después de salir del Infierno, Virgilio limpia el rostro de Dante con el rocío de la mañana. La escena dura apenas unos versos, pero contiene algo dificilísimo de explicar. Después de tanta oscuridad, Dante vuelve a mirar el cielo. El aire cambia. La luz cambia. Incluso el ritmo del poema parece distinto. Me produjo la sensación de que el alma necesita volver a acostumbrarse lentamente a la claridad después de haber vivido demasiado tiempo entre sombras.
Desde ese momento entendí que el Purgatorio era la parte que más me iba a conmover. Hay en esos cantos una mezcla extraña de melancolía, esperanza y cansancio que me parece mucho más cercana que el horror del Infierno o el deslumbramiento absoluto del Paraíso. Las almas avanzan lentamente hacia arriba, pero solo pueden hacerlo mientras hay luz; cuando llega la noche deben detenerse. Y aunque Dante lo plantea de forma literal, la imagen funciona también como una verdad interior: hay momentos en los que uno pierde la orientación y ya no sabe cómo seguir avanzando.
Por eso me impresionó tanto una escena en la que Dante deja de ver la sombra de Virgilio y siente miedo. Virgilio entonces le pregunta: “¿Por qué sigues temiendo? ¿Piensas que no te guío?” Todos hemos tenido alguna vez la sensación de haber perdido aquello que nos orientaba. Y, sin embargo, Dante sugiere que la guía puede seguir existiendo incluso cuando no somos capaces de verla.
A medida que avanzaba la lectura empecé a sentir que toda La Divina Comedia gira alrededor de una sola idea: el amor entendido como la fuerza que mueve absolutamente todo. Dante parece pensar que el ser humano nunca deja de amar; lo único que cambia es hacia dónde dirige ese amor. Algunas almas quedan atrapadas dentro de deseos que terminan encerrándolas sobre sí mismas, mientras otras aprenden lentamente a orientar ese impulso hacia algo más alto, más luminoso y más libre.
Hay un momento del Purgatorio en el que Virgilio compara el amor divino con un rayo de luz que se multiplica al reflejarse en muchos espejos. Esa imagen atraviesa toda la obra. La luz en Dante nunca es solo decoración visual; es conocimiento, verdad, conciencia. Cuanto más asciende Dante, más intensa se vuelve esa claridad y más difícil resulta verla. El viaje entero parece una educación de la mirada.
Quizá por eso me emocionó tanto la idea de que el ser humano, aun siendo imperfecto, posee algo que ni siquiera los ángeles tienen: la posibilidad de cambiar. Los ángeles ya son lo que son para siempre; nosotros, en cambio, vivimos dentro del tiempo, del error, del arrepentimiento y de la transformación. En Dante hay una enorme confianza en que el alma puede reorganizarse, purificarse y volver a orientarse hacia la luz.
También por eso la poesía ocupa un lugar tan importante en el viaje. Cuando Dante comprende que tendrá que contar lo que ha visto aunque incomode a muchos, la poesía deja de ser simple belleza verbal y se convierte en una forma de responsabilidad moral. Decir la verdad sin miedo. La verdad como una forma de luz.



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