LA HERMANA DE PAOLA KAUFMANN
La hermana me ha encantado. Leerla ha sido como asomarme por una ventana a la vida de Emily Dickinson, contemplar su mundo interior y acercarme a su forma de sentir. La novela me ha recordado también a la serie sobre Dickinson que tanto me gustó, porque logra mostrar a la poeta desde una intimidad delicada y profundamente humana. Conocer a Emily es posible porque todos los poemas que dejó escritos son ella misma.
Da la impresión de que escribía bajo un “encantamiento”, viviendo todo dentro de su alma para después mezclarlo con la realidad: la vida, el amor y la muerte. Por eso pudo hacer tanto con tan poco. Su mirada espiritual también me ha conmovido: una visión de Dios libre y personal, lejos de solemnidades y artificios. Y su manera de entender la poesía es igualmente reveladora: algo que sacude, que congela, que deja la mente abierta y desnuda.
El libro está lleno de frases que merece la pena destacar: “El alma elige su propia compañía y después cierra la puerta” o “Nadie que se dirija a Dios puede mantener con Él una conversación regular”. Me ha resultado especialmente interesante la idea sobre la inteligencia que aparece en boca de Vinnie: la inteligencia descansa entre el sentido del humor y la melancolía, no la congoja ni el tormento, sino esa introspección serena ligada a la vida interior. Poder estar solo, tolerar y reírse son signos de inteligencia.
Me siento muy identificada con Emily en muchas de las cosas que aparecen a lo largo del libro: su manera de pensar, su necesidad de recogimiento, su vida interior y su forma de mirar el mundo. En esto nos parecemos. Incluso su sensibilidad ante la muerte me resulta cercana; imagino, como ella habría querido, una despedida al alba, junto al mar, con el viento dispersando las cenizas. Sin embargo, hay otros rasgos que no solo me acercan a ella, sino que admiro profundamente y de los que me gustaría aprender, como su escasa necesidad de aprobación y su capacidad para vivir en el jardín inaccesible de su propio mundo, alejada de disputas y reconocimientos. Esa independencia, esa libertad para ser sin buscar validación externa, es quizá lo que más me inspira de ella.
La escritura de Paola Kauffmann también deja imágenes preciosas que acompañan la lectura con una delicadeza especial: “querer calentar un árbol con una vela cuando es invierno”, “peinarse con dedos como ramas”, “a excepción de los espectros no hay nada más remoto que el pensamiento de un gato” o “las personas que amé son espíritus que bailan en el jardín”.
Al final queda la sensación de que los poemas de Emily no pertenecen a nadie, sino al mundo. Su voz trasciende el tiempo y permanece como una presencia luminosa. Quizá lo resume este breve poema suyo:
Porque partir, eso es noche,
y presencia, simplemente el alba;
ella misma, la púrpura en la cumbre,
llamada mañana.



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