DIARIO DE UN POETA RECIÉN CASADO DE JUAN RAMÓN JIMÉNEZ




"Raíces y alas. Pero que las alas arraiguen 

y las raíces vuelen."


Diario de un poeta recién casado, publicado en 1917, marca un punto de inflexión en la obra de Juan Ramón Jiménez y en la poesía española del siglo XX. Este poemario no solo celebra el amor y el viaje, sino también la transformación interior del poeta ante la experiencia de lo desconocido. Es un libro de tránsito: entre España y América, entre el simbolismo y la modernidad, entre la materia y el espíritu.

Una de las cosas que más me ha impresionado es la conexión con Emily Dickinson. Jiménez no solo la menciona, sino que, en varios pasajes, la traduce:


Dos Puestas de sol te mando. 

–El Día y Yo competíamos;

hice dos y unas estrellas, 

mientras Él hacía una.–


La Suya es más grande. – Pero 

como Yo le dije a alguien, 

las Mías están mejor

para llevarlas a mano.– 


                             (Con unas vistosas flores.)


El paso de Juan Ramón por América también lo llevó a pensar en Walt Whitman, en su figura de poeta total y caminante del alma. El propio Jiménez visitó las casas de Whitman, Dickinson y Poe, y las describe con ternura y precisión: espacios humildes, íntimos, donde la poesía parecía aún flotar en el aire. Estas descripciones son pequeñas joyas que hablan de su respeto por la sencillez y la verdad poética.

A lo largo del Diario, el amor por su esposa Zenobia y el amor por el mar se entrelazan como las dos fuerzas que sostienen su vida. Ambos aparecen como fuentes de consuelo, de creación y de eternidad. El mar —metáfora constante del viaje y del límite— es, junto al amor, el gran símbolo del libro: frontera entre lo visible y lo invisible, entre lo humano y lo divino. La analogía entre el mar y el cielo, con un límite difuso e inaprensible, le otorga al mar un carácter sagrado, casi divino, como si en su inmensidad se reflejara la infinitud del espíritu.

Esta visión conecta sorprendentemente con Océano mar de Alessandro Baricco, donde se repite la pregunta: “¿Dónde termina el mar?”. En ambos autores, el mar se vuelve algo que está en todas partes, que llama al hombre como una presencia superior, casi como Dios. Parecen hablar el mismo lenguaje poético: el del misterio y la llamada del infinito.

Esa sensación de atracción y desposesión también me recordó una escena de Nosferatu de Robert Eggers, cuando Ellen confiesa que a veces siente que su cuerpo no le pertenece, que hay algo —el mar, el viento, el cielo— que la llama. Su amiga le dice que es Dios; pero en su caso, es lo contrario: es el diablo, el vampiro. En Diario de un poeta recién casado, esa llamada es divina, no demoníaca: una voz que impulsa a vivir, a crear, a amar.

Al final de Océano mar, Alessandro Baricco deja una pregunta suspendida en el aire: “Si tuvieras que llamar al mar con una sola palabra, ¿cuál sería?”. Juan Ramón, sin saberlo, la respondió en su Diario:
“Tu nombre hoy, mar, es vida. (…)”

Entre la palabra de Baricco y la de Juan Ramón, quedó un silencio. En ese hueco, yo respondí:


“Cuando la dices, dices el mar:
alquimia.”




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