PLATERO Y YO DE JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
LA CONCIENCIA DE LA BELLEZA DE UN POETA ÚNICO
¿Alguna vez has releído un libro que te marcó hace mucho tiempo? A veces, volver a un texto querido es una forma de redescubrir el mundo, de volver a mirar algo que creías conocer y encontrarte, de pronto, con otra versión de ti mismo. He vuelto a leer Platero y yo de Juan Ramón Jiménez, y ha sido como abrir una ventana que daba a un paisaje distinto, más luminoso y también más duro de lo que recordaba.
Cuando lo leí por primera vez, me quedé con su tono tierno, con la poesía suave que parecía envolverlo todo. Lo recordaba como un libro luminoso, casi inocente. Pero ahora, con los años, he descubierto que esa luz también proyecta sombras. En sus páginas hay dolor, muerte, injusticia, una España pobre y áspera donde los niños mueren, los animales son maltratados y la vida pesa. Sin embargo, Juan Ramón no se deja arrastrar por la oscuridad. Él mira todo eso con una bondad que desarma, con una sensibilidad que no es debilidad, sino coraje. Es una luz que no niega la sombra, pero tampoco se rinde ante ella.
Pienso en Emily Dickinson, otra poeta que supo encontrar lo infinito en lo pequeño. Ambos comparten esa forma de mirar el mundo con una mezcla de asombro y temblor. En Juan Ramón hay algo profundamente humano: un deseo de proteger lo frágil, de salvar la belleza del mundo a través de la palabra. Su prosa tiene la claridad del agua y, al mismo tiempo, la hondura de quien sabe que lo más sencillo puede ser también lo más esencial.
El capítulo “Agalae” siempre me ha acompañado. Lo he leído muchas veces, en momentos de tristeza o de miedo, y siempre me ha reconfortado. También “La púa” y “La muerte de Platero” me conmueven por su sencillez, por esa capacidad de decir tanto con tan poco. No es casual que Giner de los Ríos destacara ese final como uno de los más hermosos de la literatura española: “Es perfecto. – le dijo en su lecho de muerte – Con esta sencillez debía usted escribir siempre.”
Platero y yo es un libro sencillo y complejo a la vez. Se suele decir que está escrito para niños, aunque Juan Ramón no lo concibió así. Le gustaba que los niños entraran en su mundo, pero escribía desde una sensibilidad que trasciende la edad. Cada capítulo es como un cuadro costumbrista, lleno de matices, de luz, de vida. Y en todos ellos hay una mirada que consuela, que cuida, que intenta hacer del lenguaje un cosmos.
Releerlo me ha hecho pensar en la fuerza que tiene la belleza cuando se escribe desde la verdad. En cómo un hombre bueno y sensible puede ser, sin proponérselo, una luz en medio del horror. Y en cómo los libros que amamos cambian con nosotros, crecen y nos devuelven algo distinto cada vez.
¿Te ha pasado esto con algún libro que hayas vuelto a leer? ¿Qué libro elegirías para redescubrir hoy, con los ojos de quien eres ahora?
Citas:
"Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera que se diría todo de algodón, que no lleva huesos."
"Mira, Platero, qué de rosas caen por todas partes: rosas azules, rosas blancas, sin color...Diríase que el cielo se deshace en rosas. Mira cómo se me llenan de rosas la frente, los hombros, las manos... ¿Qué haré yo con tantas rosas? (...) Tus ojos, que tú no ves, Platero, y que alzas mansamente al cielo, son dos bellas rosas."
La Púa: "Entrando en la dehesa de los Caballos, Platero, comenzado a cojear. Me he echado al suelo....
—Pero, hombre, ¿qué te pasa?
Platero ha dejado la mano derecha un poco levantada, mostrando la ranilla, sin fuerza y sin peso, sin tocar casi con el casco la arena ardiente del camino.
Con una solicitud mayor, sin duda, que la del viejo Darbón, su médico, le he doblado la mano y le he mirado la ranilla roja. Una espina larga y verde de naranjo sano, está clavada en ella como un redondo puñalillo de esmeralda. Estremecido del dolor de Platero, he tirado de la espina; y me lo he llevado al pobre al arroyo de los lirios amarillos para que el agua corriente le lama, con su larga lengua pura, la heridilla.
Después, hemos seguido hacia la mar blanca, yo delante, él detrás, cojeando todavía y dándome suaves topadas en la espalda..."
Aglae: " ¡Qué reguapo estás hoy, Platero! Ven aquí... ¡Buen jaleo te ha dado esta mañana la Macaria! Todo lo que es blanco y todo lo que es negro en ti luce y resalta como el día y como la noche después de la lluvia. ¡Qué guapo estás, Platero!
Platero, avergonzado un poco de verse así, viene a mí, lento, mojado aún de su baño, tan limpio que parece una muchacha desnuda. La cara se le ha aclarado, igual que un alba, y en ella sus ojos grandes destellan vivos, como si la más joven de las Gracias les hubiera prestado ardor y brillantez.
Se lo digo, y en un súbito entusiasmo fraternal, le cojo la cabeza, se la revuelvo en cariñoso apretón, le hago cosquillas... Él, bajos los ojos, se defiende blandamente con las orejas, sin irse, o se liberta, en breve correr, para pararse de nuevo en seco, como un perrillo juguetón.
—¡Qué guapo estás, hombre!—le repito.
Y Platero, lo mismo que un niño pobre que estrenara un traje, corre tímido, hablándome, mirándome en su huida con el regocijo de las orejas, y se queda haciendo que come unas campanillas coloradas, en la puerta de la cuadra.
Aglae, la donadora de bondad y de hermosura, apoyada en el peral que ostenta triple copa de hojas, de peras y de gorriones, mira la escena sonriendo, casi invisible en la transparencia del sol matinal."
"De vez en cuando, Platero deja de comer, y me mira... Yo de vez en cuando, dejo de leer, y miro a Platero..."
La muerte: "Encontré a Platero echado en su cama de paja, blandos los ojos y tristes. Fui a él, lo acaricie hablándole, y quise que se levantara...
El pobre se removió todo bruscamente, y dejó una mano arrodillada... No podía... Entonces le tendí su mano en el suelo, lo acaricié de nuevo con ternura, y mandé venir a su médico.
El viejo Darbón, así que lo hubo visto, sumió la enorme boca desdentada hasta la nuca y meció sobre el pecho la cabeza congestionada, igual que un péndulo.
—Nada bueno, ¿eh?
No sé qué contestó... Que el infeliz se iba... Nada... Que un dolor... Que no sé qué raíz mala... La tierra, entre la yerba... A mediodía, Platero estaba muerto. La barriguilla de algodón se le había hinchado como el mundo, y sus patas, rígidas y descoloridas, se elevaban al cielo. Parecía su pelo rizoso ese pelo de estopa apolillada de las muñecas viejas, que se cae, al pasarle la mano, en una polvorienta tristeza...
Por la cuadra en silencio, encendiéndose cada vez que pasaba por el rayo de sol de la ventanilla, revolaba una bella mariposa de tres colores..."
Melancolía: "Esta tarde he ido con los niños a visitar la sepultura de Platero, que está en el huerto de la Piña, al pie del pino redondo y paternal. En torno, abril había adornado la tierra húmeda de grandes lirios amarillos.
Cantaban los chamarices allá arriba, en la cúpula verde, toda pintada de cenit azul, y su trino menudo, florido y reidor, se iba en el aire de oro de la tarde tibia, como un claro sueño de amor nuevo.
Los niños, así que iban llegando, dejaban de gritar. Quietos y serios, sus ojos brillantes en mis ojos me llenaban de preguntas ansiosas.
—¡Platero, amigo!—le dije yo a la tierra—; si, como pienso, estás ahora en un prado del cielo y llevas sobre tu lomo peludo a los ángeles adolescentes, ¿me habrás, quizá, olvidado? Platero, dime: ¿te acuerdas aún de mí?
Y, cual contestando a mi pregunta, una leve mariposa blanca, que antes no había visto, revolaba insistentemente, igual que un alma, de lirio en lirio..."
"Me das la compañía y no me quitas la soledad (esto también te digo tanto) y al revés, no me consientes la soledad y no me dejas sin compañía."
"En realidad, mi "Platero" no es solo un burro sino varios, una síntesis de burros plateros. Yo tuve de muchacho y de joven varios. Todos eran plateros. La suma de todos mis recuerdos con ellos me dio el ente y el libro."
La Púa: "Entrando en la dehesa de los Caballos, Platero, comenzado a cojear. Me he echado al suelo....
—Pero, hombre, ¿qué te pasa?
Platero ha dejado la mano derecha un poco levantada, mostrando la ranilla, sin fuerza y sin peso, sin tocar casi con el casco la arena ardiente del camino.
Con una solicitud mayor, sin duda, que la del viejo Darbón, su médico, le he doblado la mano y le he mirado la ranilla roja. Una espina larga y verde de naranjo sano, está clavada en ella como un redondo puñalillo de esmeralda. Estremecido del dolor de Platero, he tirado de la espina; y me lo he llevado al pobre al arroyo de los lirios amarillos para que el agua corriente le lama, con su larga lengua pura, la heridilla.
Después, hemos seguido hacia la mar blanca, yo delante, él detrás, cojeando todavía y dándome suaves topadas en la espalda..."
Aglae: " ¡Qué reguapo estás hoy, Platero! Ven aquí... ¡Buen jaleo te ha dado esta mañana la Macaria! Todo lo que es blanco y todo lo que es negro en ti luce y resalta como el día y como la noche después de la lluvia. ¡Qué guapo estás, Platero!
Platero, avergonzado un poco de verse así, viene a mí, lento, mojado aún de su baño, tan limpio que parece una muchacha desnuda. La cara se le ha aclarado, igual que un alba, y en ella sus ojos grandes destellan vivos, como si la más joven de las Gracias les hubiera prestado ardor y brillantez.
Se lo digo, y en un súbito entusiasmo fraternal, le cojo la cabeza, se la revuelvo en cariñoso apretón, le hago cosquillas... Él, bajos los ojos, se defiende blandamente con las orejas, sin irse, o se liberta, en breve correr, para pararse de nuevo en seco, como un perrillo juguetón.
—¡Qué guapo estás, hombre!—le repito.
Y Platero, lo mismo que un niño pobre que estrenara un traje, corre tímido, hablándome, mirándome en su huida con el regocijo de las orejas, y se queda haciendo que come unas campanillas coloradas, en la puerta de la cuadra.
Aglae, la donadora de bondad y de hermosura, apoyada en el peral que ostenta triple copa de hojas, de peras y de gorriones, mira la escena sonriendo, casi invisible en la transparencia del sol matinal."
"De vez en cuando, Platero deja de comer, y me mira... Yo de vez en cuando, dejo de leer, y miro a Platero..."
La muerte: "Encontré a Platero echado en su cama de paja, blandos los ojos y tristes. Fui a él, lo acaricie hablándole, y quise que se levantara...
El pobre se removió todo bruscamente, y dejó una mano arrodillada... No podía... Entonces le tendí su mano en el suelo, lo acaricié de nuevo con ternura, y mandé venir a su médico.
El viejo Darbón, así que lo hubo visto, sumió la enorme boca desdentada hasta la nuca y meció sobre el pecho la cabeza congestionada, igual que un péndulo.
—Nada bueno, ¿eh?
No sé qué contestó... Que el infeliz se iba... Nada... Que un dolor... Que no sé qué raíz mala... La tierra, entre la yerba... A mediodía, Platero estaba muerto. La barriguilla de algodón se le había hinchado como el mundo, y sus patas, rígidas y descoloridas, se elevaban al cielo. Parecía su pelo rizoso ese pelo de estopa apolillada de las muñecas viejas, que se cae, al pasarle la mano, en una polvorienta tristeza...
Por la cuadra en silencio, encendiéndose cada vez que pasaba por el rayo de sol de la ventanilla, revolaba una bella mariposa de tres colores..."
Melancolía: "Esta tarde he ido con los niños a visitar la sepultura de Platero, que está en el huerto de la Piña, al pie del pino redondo y paternal. En torno, abril había adornado la tierra húmeda de grandes lirios amarillos.
Cantaban los chamarices allá arriba, en la cúpula verde, toda pintada de cenit azul, y su trino menudo, florido y reidor, se iba en el aire de oro de la tarde tibia, como un claro sueño de amor nuevo.
Los niños, así que iban llegando, dejaban de gritar. Quietos y serios, sus ojos brillantes en mis ojos me llenaban de preguntas ansiosas.
—¡Platero, amigo!—le dije yo a la tierra—; si, como pienso, estás ahora en un prado del cielo y llevas sobre tu lomo peludo a los ángeles adolescentes, ¿me habrás, quizá, olvidado? Platero, dime: ¿te acuerdas aún de mí?
Y, cual contestando a mi pregunta, una leve mariposa blanca, que antes no había visto, revolaba insistentemente, igual que un alma, de lirio en lirio..."
"Me das la compañía y no me quitas la soledad (esto también te digo tanto) y al revés, no me consientes la soledad y no me dejas sin compañía."
"En realidad, mi "Platero" no es solo un burro sino varios, una síntesis de burros plateros. Yo tuve de muchacho y de joven varios. Todos eran plateros. La suma de todos mis recuerdos con ellos me dio el ente y el libro."



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