RAYUELA, DE JULIO CORTÁZAR

 

  

                

Rayuela, de Julio Cortázar: una búsqueda interminable

Empecé a leer Rayuela con veinte años. Y digo "empecé" porque, aunque no llegué a terminarla entonces, se quedó madurando en mi mente, esperándome. Años después he vuelto a ella y he entendido que no es un libro que se lea una sola vez, ni de forma lineal. Mientras lo leía me sentí un poco la Maga y un poco Oliveira, pero también las calles de París y las de Buenos Aires. ¿Ha señalado alguno de sus lectores la escasez de mariposas? Yo me he propuesto encontrarlas en el mismo sitio: 

«Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.»

– (Capítulo 7)

Una búsqueda sin objeto

La búsqueda de Oliveira es una condena porque no sabe lo que está buscando. No hay un objetivo claro, solo un movimiento constante, una inquietud que no se detiene nunca. Me recuerda mucho al Extranjero de Camus y al absurdo existencial: ese estar en el mundo sin saber muy bien por qué ni para qué.

Tiene una angustia profunda que viene de la carencia, de una soledad que no siempre es física, sino más bien mental. Se siente incomprendido, aislado en su forma de pensar tan abstracta y analítica, como si todo lo racionalizara hasta el punto de romper el vínculo con los demás.

“Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos.”

– (Capítulo 1)

Un daño inevitable

Lo trágico es que no consigue empatizar con lo que le ocurre a los otros. No es que no lo intente, es que no puede. Está demasiado encerrado en su cabeza.

Pero los demás sí que lo ven. Sí que notan su soledad, su fragmentación. Se preocupan por él. A su manera, le quieren. Y sin embargo, él, que solo vive para esa búsqueda, va haciendo daño por el camino. Lo que busca, quizás, ya lo tiene. Lo lleva en el bolsillo. Pero prefiere no reconocerlo, no aceptarlo, por miedo a perder ese impulso vital que le da sentido. Si lo encuentra, ¿qué hace después? ¿Qué le queda?

Erotismo sin censura

La novela también trata el erotismo y la sexualidad de una forma muy valiente. Cortázar se deshace de la autocensura, rompe con los tabúes. No lo hace desde la provocación gratuita, sino desde una belleza muy potente.

El capítulo siete es un ejemplo precioso de esto. Una escena escrita con sensibilidad y libertad, donde el deseo se convierte casi en poema.

El lenguaje como límite

Otro tema importante es el lenguaje. En Rayuela, el lenguaje es un instrumento fallido. Hay una dificultad constante para llegar a la realidad, porque esta está hecha de fragmentos, de pedazos que no encajan del todo.

Y para colmo, lo onírico —los sueños, lo intangible— es aún más difícil de contar. Cortázar juega con eso, lo empuja hasta el límite. Muestra todo el rato que lo que se dice no siempre alcanza para nombrar lo que se vive.

“Apenas uno pone en palabras una emoción, ya está mintiendo.”
— (Capítulo 68)

“Las palabras nunca alcanzan cuando lo que hay que decir desborda el alma.”
— (Capítulo 28)

Entre París y Buenos Aires

La figura del artista aparece también a través de Oliveira, que intenta deconstruirse para descubrir su esencia. Se mueve siempre entre binomios: sueño y vigilia, vida y muerte, París y Buenos Aires… Y esas fuerzas le desgarran, lo descolocan.

Nunca está del todo en un sitio, ni del todo en el otro. A ratos parece perder el sentido de la realidad. Hay una disociación, una locura latente, pero también un juego. Otra vez el juego, como si fuera una forma de sobrevivir dentro de esa dualidad constante. Entre lo que se vive y lo que se imagina, entre lo que se desea y lo que se tiene.

"Soñando nos es dado ejercitar gratis nuestra aptitud para la locura. Sospechamos al mismo tiempo que toda locura es un sueño que se fija. Sabiduría del pueblo: Es un pobre loco, un soñador..."

– (Capítulo 80)

Un final que se abre

El final de la novela es pura ambigüedad. Hay un ataque directo al lenguaje, a la lógica narrativa. Se plantean varias realidades al mismo tiempo, y el lector tiene que aceptar que no hay una sola lectura posible.

El capítulo 131 se lee dos veces, y eso no es un capricho: es parte del carácter lúdico de la novela. Hay un juego de dobles entre Traveler y Oliveira, entre Talita y la Maga, como si fueran los mismos. Traveler se enfrenta a Oliveira por no tener conciencia de la realidad, pero también admira esa libertad con la que Horacio se entrega al deseo. Hay algo de reproche, pero también de envidia.

Y al final, la autenticidad

Y con todo esto dicho, lo que me parece más importante en la novela es que Oliveira al fin y al cabo lleva una existencia auténtica. Asume el riesgo de ser original en un mundo que condena todo lo que está fuera de la norma.

Y todo esto no es más que una parte de lo que Rayuela me ha hecho pensar. Tengo la sensación de que solo he rozado la superficie. Es una novela-oceáno, inabarcable, en la que uno puede bucear durante años.


"¿Por qué, a ciertas horas es tan necesario decir: Amé esto? Amé unos blues, una imagen en la calle, un pobre río seco del norte. Dar testimonio, luchar contra la nada que nos barrerá. Así queda todavía en el aire del alma esas pequeñas cosas, un gorrioncito que fue de Lesbia, unos blues que ocupan en el recuerdo el sitio menudo de los perfumes, las estampas y los pisapapeles."

– (Capítulo 87)

"Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir a una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio."

(Capítulo 93)

"Hay una diferencia bien conocida entre el ignorante y el tonto y cualquiera lo sabe menos el tonto, por suerte para él. Creía que el estudio, ese famoso estudio, le daría inteligencia. Confundía saber con entender. La pobre entendía tan bien muchas cosas que ignorábamos a fuerza de saberlas."

– (Capítulo 142)


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