OSCURO BOSQUE OSCURO DE JORGE VOLPI


"Comprendes ahora, lector, que ya nunca saldrás del oscuro bosque oscuro."


La lectura de Oscuro bosque oscuro me ha dejado una sensación ambivalente, a ratos incómoda, a ratos fascinante, pero siempre intensa. Es un libro que te empuja a mirar de frente aquello que normalmente esquivamos: el dolor, la despersonalización, la guerra, la maldad humana.

En la primera parte, me llamó la atención la figura de Ana, que parece hundirse en la melancolía o quizá en la depresión. El protagonista, sin embargo, mantiene hacia ella —y hacia los demás— una especie de distancia despersonalizada. Esa frase que se repite, “yo no salgo de mí mismo”, me hizo pensar en nuestra propia época, tan marcada por el ensimismamiento y la dificultad de conectar con los otros. Volpi plantea preguntas muy potentes: ¿es el dolor siempre propio? ¿Puede ser compartido, o es algo radicalmente intransferible? Me impresionaron pasajes como “DOLOR: ¿Sólo es dolor el dolor propio?” o “Un dolor intransferible. Su dolor. Jamás el mío”. Son frases que te obligan a detenerte y replantearte cómo experimentamos el sufrimiento ajeno, y hasta qué punto podemos o no hacerlo nuestro.

La segunda parte fue, sin duda, la que más disfruté. Aquí Volpi nos mete de lleno en un batallón, y lo hace con una estrategia narrativa muy poderosa: involucra directamente al lector, como si uno mismo formara parte de ese grupo. Ya no es posible mirar la guerra desde lejos ni evadir la mirada; estás allí, participando, aunque sea desde la lectura. Esa experiencia me recordó al yo múltiple de Walt Whitman: “yo soy el soldado que sufre, la enfermera que cura, la madre que espera”. Esa sensación de formar parte de todos y de todo, de no poder esconderte.

Además, me gustó cómo el autor retuerce los cuentos infantiles, quitándoles cualquier atisbo de final feliz, para colocarlos en un contexto más brutal y realista. La narración se mueve entre la prosa y el verso, con un ritmo denso, casi barbárico, pero muy magnético. Reconozco que hubo momentos en los que la lectura me arrastraba como la corriente de un río; me costó detenerme para saborear los recursos literarios y el vocabulario riquísimo que Volpi despliega. No lo considero una pega, más bien una virtud: entrar en ese flujo lector también tiene algo hipnótico.

Al final, el libro me hizo reflexionar sobre la maldad y sobre la inevitabilidad del dolor humano. Recordé unas palabras de Umbral: “Yo no soy mi dolor, decía el poeta. Ya lo creo que sí. El dolor, la sangre, la fiebre, el miedo, los heraldos negros de la muerte, tan lejana, tan distraída, ahuyentan en un momento todos los pájaros de la cabeza.” Esa idea me parece crucial: si somos nuestro dolor, ¿podemos también ser el dolor ajeno? ¿O seguirá siendo siempre intransferible?

Leer Oscuro bosque oscuro ha sido como adentrarme en una espesura peligrosa, con miedo pero también con cierta determinación. Porque incluso en mitad del espanto, Volpi recuerda que florecen los lirios. Aunque también cabe preguntarse: si todos se adentran en el bosque oscuro, ¿tú también debes hacerlo? ¿Qué fue de ti, lector? Nadie lo supo.  

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