EL CANTO Y LA CENIZA. Anna Ajmátova y Marina Tsvetáieva.


Cabizbajo, y solo, y oscuro 
–silencioso, sin rastro–
en las olas de niebla se funde
como se hunden los barcos. 
–Marina Tsvetáieva



En el canto y la ceniza, Anna Ajmátova y Marina Tsvetáieva entablan un diálogo poético que trasciende el tiempo: un intercambio de voces que habla de resistencia, devoción al arte y la soledad compartida entre dos de las grandes poetas rusas del siglo XX. En sus versos resuena el peso de una época marcada por la Rusia soviética, la persecución y la pérdida; pero también, con fuerza conmovedora, la necesidad de decir.

Leerlas juntas es asistir al encuentro de dos formas distintas de habitar el dolor y la palabra. No se trata solo de estilos poéticos diferentes, sino de modos radicalmente únicos de existir en el lenguaje. Este libro —junto con el ensayo Poetas con historia y poetas sin historia— ha sido clave no solo para comprender sus obras, sino también para comprenderme a mí misma.

Sus historias, tan duras como luminosas, dejan una huella que perdura. Nos recuerdan que, incluso en medio del caos, hay palabras que no se apagan. Que cuando todo arde, permanece el canto. Y permanece la ceniza: testigo final de que algo ardió con verdad.


Algunos poemas: 


1. Marina Tsvetáieva:


–¡HÁGASE la luz!– y un triste día nuboso 

cayó como una capa sobre el agua muerta. 

Miró la tierra sonriendo extrañamente:

–¡Hágase la noche!–dijo entonces el otro. 


Y apartando el rostro pensativo, 

siguió su camino más allá de las nubes. 

Señor de la noche, es a ti a quien canto, 

a ti que me dijiste a mí y a mis noches: seas. 


***

7

Mis pensamientos vuelan 

hacia un tesoro perdido, lejano; 

paso a paso, amapola a amapola, 

decapité el jardín. 


Así, un día de un seco verano, 

al borde de un campo, 

con una mano distraída, 

la muerte segará una cabeza, la mía. 


2. Anna Ajmátova: 


LE PREGUNTÉ al cuco

cuántos años viviría...

Los pinos agitaron sus crestas, 

cayó en la hierba un rayo dorado, 

pero no hubo ni un sonido entre los árboles...

Vuelvo a casa

y el viento fresco acaricia

mi frente ardiente. 


***


OTRA CANCIÓN 


Palabras no pronunciadas

no repetiré. 

Pero por el encuentro nuestro 

no ocurrido un rosal silvestre he de plantar. 


***


EN VEZ DE EPÍLOGO


Y allí donde los sueños se forman, 

no hubo suficientes para ambos; 

veíamos uno solo, pero tan poderoso

como la primavera cuando llega. 





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