CARTAS DE EMILY DICKINSON
Las Cartas de Emily Dickinson nos ofrecen una ventana privilegiada a la vida de una de las poetas más enigmáticas de la literatura. A través de su correspondencia, podemos ver su ingenio, sensibilidad y profunda introspección sobre la vida, el amor y la naturaleza. Con un estilo poético y una escritura llena de matices, estas cartas revelan una Emily íntima, apasionada y, en ocasiones, melancólica.
Aunque, personalmente creo, que es en su correspondencia con Susan Gilbert Dickinson y Thomas Wentworth Higginson donde se revelan algunas de sus facetas más intensas y complejas. Las cartas dirigidas a Susan, su cuñada, confidente (¿y amante?), están impregnadas de una profunda emoción, a veces apasionada, otras melancólica. En ellas, Dickinson juega con el lenguaje de una manera casi poética, construyendo una relación epistolar que oscila entre la devoción, la admiración y el deseo implícito. Susan fue una de sus lectoras más importantes, y sus intercambios reflejan una conexión intelectual y afectiva única.
"Debes dejarme ir primero Sue, porque yo vivo en el Mar siempre y conozco el Camino. Me hubiera hundido dos veces para impedir que tú te hundieras, querida. Si al menos hubiera podido taparte los Ojos para que no vieras el Agua."
"Querida Susie, he tratado de pensar en algo que te encantaría, algo que pudiera mandarte- finalmente vi mis pequeñas Violetas, ellas me rogaron que las dejara marchar, así que aquí están - y con ellas, en calidad de Instructor - un poco de hierba caballerosa, que imploró el favor de acompañarlas - no son sino pequeñas, Susie, y temo que no olorosas ahora, pero te hablarán de corazones cálidos en casa y de algo fiel que nunca se aletarga, ni duerme - Guárdalas debajo de tu almohada, Susie, te harán soñar con cielos azules, con tu casa, ¡y con el bienaventurado país!."
Por otro lado, las cartas a Higginson, su mentor literario, muestran a una Dickinson más analítica y consciente de su propio genio. Con él, la poeta explora sus dudas sobre la publicación, su aversión a los convencionalismos y su firme creencia en una poesía que no debía someterse a las reglas establecidas. Higginson, aunque desconcertado por su estilo, fue uno de los pocos con quienes Dickinson compartió su visión artística, dejando en sus cartas una invaluable reflexión sobre su propio proceso creativo.
"Pregunta usted por mis Compañeros, Colinas – Señor – y el Crepúsculo – y un Perro – grande como yo, que compró mi padre – Son mejores que Seres – porque saben – pero no lo cuentan – y el ruido en la Charca a Mediodía – supera mi Piano."
"Si leo un libro y se me enfría tanto el cuerpo que ningún fuego puede calentarme, sé que eso es poesía. Si tengo la sensación física de que se me vuela la tapa de los sesos, sé que eso es poesía. Son, para mí, las únicas maneras de saberlo. ¿Existe alguna otra manera?"
Leídas en conjunto, estas cartas nos acercan a una Dickinson compleja y apasionada, capaz de desafiar las normas tanto en la literatura como en sus relaciones personales. En cada línea, se percibe el eco de su voz inconfundible: íntima, desafiante y profundamente humana, como si, a través de sus palabras, aún quisiera seguir dialogando con nosotros.
"Mi tarea es amar. Encontré un pájaro esta mañana, abajo – abajo – sobre un pequeño arbusto al pie del jardín ¿y por qué cantas, dije, puesto que nadie te oye? Un sollozo en la garganta, una palpitación al pecho – Mi tarea es cantar– ¡y ella alzó el vuelo!"



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