EL SECRETO DE LA OROPÉNDOLA. POEMAS DE AVES DE EMILY DICKINSON.
Una vez, caminando campo a través por la sierra de Madrid, divisé a lo lejos un pájaro amarillo con alas negras. Nunca había visto nada igual. Me quedé inmóvil, mirándole, y él pareció devolverme la mirada. Tardó un rato en marcharse, pero antes dio un par de vueltas, como si quisiera exhibir su plumaje.
Cuando llegué a casa, cogí mi guía de aves y me puse a buscar aquel característico patrón de colores. Descubrí que se trataba de una oropéndola europea: el llamativo tono dorado del macho, inconfundible, añade una fulgurante nota de color en las arboledas españolas. Este pájaro, reservado y esquivo, suele mantenerse fuera de la vista, pero compensa su timidez con un canto sencillo y aflautado, distintivo del paisaje sonoro de nuestros bosques. Fue un flechazo a primera vista. Desde entonces, observo aves, reconozco sus cantos, sus plumajes, sus trinos... y de vez en cuando, vuelvo a encontrarme con alguna oropéndola.
Mi amor por Emily Dickinson llegó más tarde, cuando mi querida amiga Soraya me recomendó leer sus poemas. Sentí una conexión inmediata. Emily abordaba muchos de los temas que más me intrigan: la muerte, la soledad, la inmortalidad... pero también hablaba con una sorprendente luminosidad sobre la vida, el amor y, sobre todo, la naturaleza. Siempre tuve la imagen de una Dickinson solitaria y melancólica, especialmente al saber que pasó los últimos años de su vida recluida en su habitación. Sin embargo, yo percibo en ella una luz vibrante. Escribió alrededor de 1.800 poemas, prácticamente uno al día, aunque solo se publicaron unos pocos en vida. Su estilo es inconfundible: versos breves, el uso disruptivo de guiones, métrica irregular, imágenes sorprendentes y una voz íntima y única. Rompió con las normas poéticas de su tiempo, creando una obra profundamente moderna tanto en su estructura como en su temática.
Tiempo después, descubrí El herbario de Emily Dickinson, un delicado cuaderno en el que recogía flores y plantas de su jardín, las prensaba cuidadosamente y anotaba sus nombres científicos. Este libro no solo refleja su amor por la naturaleza, sino también su profundo conocimiento de las ciencias naturales, una pasión que resuena con fuerza en su poesía. Esa conexión entre el arte y la naturaleza se materializa de manera sublime en El secreto de la oropéndola, una obra que combina tres de mis mayores pasiones: las aves, la poesía y las ilustraciones.
Se trata de una antología bilingüe que reúne 47 poemas de Emily Dickinson dedicados a las aves comunes de Nueva Inglaterra. Publicada por la editorial Nórdica en 2024, esta joya literaria brilla gracias a las impecables traducciones de Abraham Gragera y a las evocadoras ilustraciones de Ester García, que capturan a la perfección la sensibilidad naturalista de Dickinson. La obra nos invita a contemplar las aves a través de la mirada única de una de las figuras más grandes de la poesía universal, ofreciéndonos una experiencia que entrelaza palabras, imágenes y naturaleza.
Quizás algún día logre visitar Massachusetts y pueda observar los pájaros desde la misma ventana por a que Emily los miraba. Mientras tanto, este libro me permitirá asomarme a su maravilloso mundo.
Algunos de mis poemas favoritos de esta antología:
Un séquito cruzaba el cementerio,
un pájaro arrancó a cantar,
y trinó, tremolando, estremeciendo,
hasta que todo allí empezó a trinar.
Y él adaptó su partitura al resto,
y saludó y volvió a empezar.
Aunque le parecía sin duda, el mejor modo
de despedir a aquellos que se van.
*
LA ESPERANZA
Esa cosa con plumas
que se posa en el alma,
que musita canciones sin palabras
y nunca, nunca deja de cantar –
Furiosa, muy furiosa ha de rugir–
la tormenta para desconcertar
a esa voz aún más dulce en la ventisca –
pajarito que aliento a tantos da.
En la tierra más yerma y más helada,
en el mar más extraño, la he oído;
y nunca ni el más mínimo consuelo,
ni en la inclemencia extrema, me ha pedido.
*
A palos no se rompe el corazón,
ni con piedra tampoco;
un látigo pequeño he visto yo,
tan pequeño que tú
no lo verías, darle a la criatura
mágica y doblegarla.
Pero el látigo tiene un nombre excelso,
tan noble que decirlo
no es posible: es como el pajarillo
que un muchacho acechaba,
el que estuvo cantándole a la piedra
que después lo mató.
*
La sed enseña qué es el agua;
cruzar los mares, qué es la tierra;
el éxtasis se aprende en la agonía;
la paz, en las historias de batallas;
el amor, en los epitafios.
La nieve enseña qué es el pájaro.




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